Una
semana antes, (los poco precavidos), un mes los demás, se ponen a pensar en el
menú de la cena. Elegirlo no es fácil, hay que tener en cuenta el presupuesto,
el número de comensales, y sobre todo quienes son las personas que has invitado
a sentarse en tu mesa, para “disfrutar de su compañía”. Hay que tener en cuenta
que el consuegro es carnívoro y pasa del pescado, que tu cuñada es alérgica al
marisco, que el hijo insoportable de tu sobrina, al que apenas conoces, solo
come pollo, que si tu hermana se ha hecho vegetariana hace un mes,…
Una
vez que tienes el menú, toca cocinar. Ya empiezas el día antes si tienes que
preparar el postre. Ya en el día D, a media tarde te esmeras en dejar la mesa
perfectamente decorada con su mantel navideño, la vajilla nueva, las copas, y
las velas y el centro de mesa todo a juego con el mantel. Y te encierras en la
cocina. Para entonces, y con la experiencia de otros años, sabes que debes
organizarte y mantener la calma aunque veas como se derrama el caldo o se quema
el cordero, y que pase lo que le pase a la salsa, tiene remedio. También sabes
que necesitarás un juego de cacerolas de diez unidades, otros tantos fogones,
la meseta que tiene el Arguiñano para trocear, emplatar y poner las dichosas
fuentes, además de dos hornos y una nevera industrial. Básicamente no lo
tienes, y debes arreglártelas con tu mini nevera, tu horno portátil, un minimeseta
y la vitro de tres fogones.
Pero
no pasa nada, lo consigues, para cuando terminan de llegar los invitados ya lo
tienes todo listo y puedes quitarte el delantal, bajar las mangas del jersey y soltarte
el pelo. Te quedas de pie en la puerta del salón y observas, está todo de foto,
tu mesa, tus invitados cogiendo la copa unos, la servilleta otros, y piensas en
hacer un brindis. Sin embargo, acto seguido, en cuestión de milésimas de
segundos, esa imagen desaparece, unos empiezan a hablar de política, otros de
fútbol, tú suegra te felicita por la mesa: “Querida, está muy bonita la
decoración de la mesa con la vajilla que te regalé, aunque yo jamás hubiera
puesto ese centro de mesa que está desfasado. Tú sonríes y le das las gracias,
comes, bebes, comes y sonríes y sigues comiendo y bebiendo, al tiempo que cada
diez minutos miras el reloj para ver la hora que es, y piensas en el mérito que
tienes por hacer lo mismo año tras año.
Con todo esto y más, en serio,
disfruta de la Nochebuena ,
de tu familia, de la gente que te quiere y a la que quieres, quédate con lo
bueno y pasa del resto, y procura que sea así siempre y no solo una vez al año.
Sonríe, que sonreír no cuesta dinero y es muy sano.

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