Ha llegado el día de la madre (bueno, sí, mañana). De pequeña,
cuando iba al cole llegaba a casa y le daba a mi madre el regalo que había
hecho para ella. Yo no entendía muy bien cómo iba aquello, pero yo estaba toda
feliz dándoselo y no esperaba al domingo, justo al verla, se lo daba. Un poco
más mayor, me esforzaba por comprarle algo, bonito, útil, que le gustase y
relativamente económico. Daba mil vueltas, y me volvía loca. Ahora, aunque
siempre le compro algo, ya no le doy tanta importancia. Pero comer con ella,
verla, darle un besazo, y superabrazo, a eso sí. Y ¡qué narices! ¡Si eso lo hago
siempre!
Cada
vez estoy más de acuerdo con que vivimos en una sociedad tan consumista que nos
inventamos días especiales para todo, por el simple hecho de comprar algo de
manera puntual. ¿No es mucho más bonito que cuando veamos alguna cosa que
sabemos que va a encantar a nuestra madre, padre, hermanos, novios, (bueno,
novio en singular, no vaya ser que la liemos), la compremos entonces. Lo vimos
y nos acordamos de esa persona importante.
Estos días, no, estas últimas
semanas, nos comían los carteles del Día de la Madre , que si un viaje, un spa, un fin de semana
en una casa rural, un collar, un pañuelo, un perfume, o una colonia si vas mas
pillado, un bolso, unos zapatos,… uff. No me entendáis mal, a mí me encanta
hacer regalos, pero porque sí. Y seamos realistas, el día de la madre y del
padre son todos los días del año. Esa llamada de teléfono para ver como estás,
cómo te va. Ese abrazo, esa sonrisa, esa mirada de cariño, ¡te entienden! Están
siempre ahí.
Feliz día de la madre. Yo que
tengo la suerte de tener la mejor mamá del mundo y la más guapa (y el papá
también), disfrutemos de ellos.
Sonríe, que sonreír es
sano y gratuito y ser felices. (Por cierto si nosotros somos felices, ellos lo serán también).
No hay comentarios:
Publicar un comentario