Los tacones, esos que nos hacen
más altas, esbeltas, elegantes, interesantes, los que algunas veces marcan la
distancia, otras consiguen que los chicos vayan detrás nuestro… y los mismos que
me sacan de mis casillas cuando mi vecina no se los quita al andar por casa.
¿Por qué? ¿Intenta martirizarme? ¿Le he quitado el novio en otra vida y quiere
castigarme? ¿Le he robado el turno en la pescadería?
Todos los días, al levantarse
de la cama, ya se pone los zapatos, creo que incluso antes de pasar por la
ducha. ¿Qué le pasa, qué tiene? Taconea durante los cuarenta minutos que tarda
en prepararse y salir a currar. ¡Chica que intento dormir! Pero no, no puedo.
Cuando ella se levanta, yo me levanto, pongo la tele alta y a ver las noticias
de la mañana una y otra vez. Lo bueno de esto, que no necesito despertador. Da
igual que se me quede sin pila, de hecho últimamente, ya ni lo pongo, ¿para
qué? Y lo mismo me ocurre a la hora de la siesta, y sí ya lo sé, la culpa es
mía por dormir la siesta cuando ella llega de trabajar. Benditas tres de la
tarde, esa bonita hora en la que yo he decido acostarme un ratito para dormir
lo que me hacía falta por la mañana pero que no me ha dejado, pues ahora, por
la tarde, tampoco. No hay siesta, porque llega la vecina taconeando y ni en
broma se quita los tacones. Se pasea con ellos hasta casi las cinco cuando
vuelve a irse. No puedo evitar preguntarme qué hace en su casa para pasearse
tanto, por que ni la azafata de la
Ruleta de la suerte se mueve tanto.
Pero debo reconocer que en lo
más profundo de mi ser la admiro. Sí la admiro, porque ya tiene mérito estar
todo el día con los tacones de un sitio a otro, incluso en la casa. Debe ser
una superwoman para no necesitar llegar a casa y hacer como la mayoría, que al tiempo
que estamos abriendo la puerta ya nos estamos descalzando, las más ordenadas
los recogen en las manos, haciendo malabares con las bolsas de la compra, el
bolso y el paraguas, otras directamente les damos una patadita para que queden
aparcados junto al zapatero de la entrada, ya se colocaran ellos solos cuando
les apetezca.
He pensado en ponerme mis
mejores tacones y subir al piso encima del suyo (si la vecina me dejase, que
ese sería otro tema) y taconearle de madrugada al mas puro estilo de Antonio Recio en La que se avecina, pero me asusta parecerme en algo a él, y lo he
descartado. También puedo aguantarme, comprar tapones para los oídos,
valerianas para sobrellevarlo y dejar que pase el tiempo y consolarme pensando
que cuando cumpla setenta años ya no taconeará igual, pero claro, para dentro
de 30 años, será más probable que yo no escuche sus tacones a que ella deje de
llevarlos puestos.
Se aceptan ideas a más corto
plazo de tiempo, ¿alguna? (Comentárselo no vale, ya lo hice sutilmente, y solo
lo entendió su novio, que me deseó Buena
suerte. Y sí, cambiarme de casa queda descartado. Me gusta mi piso y mi
barrio, solo detesto a los tacones de mi vecina).
Sonríe, que sonreír no cuesta
dinero y es muy sano. Disfruta de la vida, hasta de los tacones de tu
vecina.

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