lunes, 13 de enero de 2014

LOS TACONES DE MI VECINA

Los tacones, esos que nos hacen más altas, esbeltas, elegantes, interesantes, los que algunas veces marcan la distancia, otras consiguen que los chicos vayan detrás nuestro… y los mismos que me sacan de mis casillas cuando mi vecina no se los quita al andar por casa. ¿Por qué? ¿Intenta martirizarme? ¿Le he quitado el novio en otra vida y quiere castigarme? ¿Le he robado el turno en la pescadería?
Todos los días, al levantarse de la cama, ya se pone los zapatos, creo que incluso antes de pasar por la ducha. ¿Qué le pasa, qué tiene? Taconea durante los cuarenta minutos que tarda en prepararse y salir a currar. ¡Chica que intento dormir! Pero no, no puedo. Cuando ella se levanta, yo me levanto, pongo la tele alta y a ver las noticias de la mañana una y otra vez. Lo bueno de esto, que no necesito despertador. Da igual que se me quede sin pila, de hecho últimamente, ya ni lo pongo, ¿para qué? Y lo mismo me ocurre a la hora de la siesta, y sí ya lo sé, la culpa es mía por dormir la siesta cuando ella llega de trabajar. Benditas tres de la tarde, esa bonita hora en la que yo he decido acostarme un ratito para dormir lo que me hacía falta por la mañana pero que no me ha dejado, pues ahora, por la tarde, tampoco. No hay siesta, porque llega la vecina taconeando y ni en broma se quita los tacones. Se pasea con ellos hasta casi las cinco cuando vuelve a irse. No puedo evitar preguntarme qué hace en su casa para pasearse tanto, por que ni la azafata de la Ruleta de la suerte se mueve tanto.
Pero debo reconocer que en lo más profundo de mi ser la admiro. Sí la admiro, porque ya tiene mérito estar todo el día con los tacones de un sitio a otro, incluso en la casa. Debe ser una superwoman para no necesitar llegar a casa y hacer como la mayoría, que al tiempo que estamos abriendo la puerta ya nos estamos descalzando, las más ordenadas los recogen en las manos, haciendo malabares con las bolsas de la compra, el bolso y el paraguas, otras directamente les damos una patadita para que queden aparcados junto al zapatero de la entrada, ya se colocaran ellos solos cuando les apetezca.
He pensado en ponerme mis mejores tacones y subir al piso encima del suyo (si la vecina me dejase, que ese sería otro tema) y taconearle de madrugada al mas puro estilo de Antonio Recio en La que se avecina, pero me asusta parecerme en algo a él, y lo he descartado. También puedo aguantarme, comprar tapones para los oídos, valerianas para sobrellevarlo y dejar que pase el tiempo y consolarme pensando que cuando cumpla setenta años ya no taconeará igual, pero claro, para dentro de 30 años, será más probable que yo no escuche sus tacones a que ella deje de llevarlos puestos.
Se aceptan ideas a más corto plazo de tiempo, ¿alguna? (Comentárselo no vale, ya lo hice sutilmente, y solo lo entendió su novio, que me deseó Buena suerte. Y sí, cambiarme de casa queda descartado. Me gusta mi piso y mi barrio, solo detesto a los tacones de mi vecina).


Sonríe, que sonreír no cuesta dinero y es muy sano. Disfruta de la vida, hasta de los tacones de tu vecina.  

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