Llegué pronto, ilusionada y sonriente.
Hacia calor y un día inmejorable para hacer el sendero hacia la cabaña en la
montaña que habíamos alquilado para ese fin de semana. Había que subir andando
un par de kilómetros porque no llegaba el coche. El lugar era precioso, mágico
diría, el día primaveral, la buena temperatura también ayudaban a que todo
fuese perfecto. Habíamos quedado en vernos allí, y mientras te esperaba
disfruté del paisaje, exploré un poquito la zona y caminé por los alrededores.
Seguro que encontró tráfico pensé cuando el retraso superaba la media hora, y
me senté junto al manantial que había a tan solo unos metros del aparcamiento,
los minutos seguían contando y el reloj no se paraba. El tiempo avanzaba y
pronto era una hora, comencé a preocuparme y te llamé. Apagado o fuera de
cobertura decía tu móvil. Seguro que está llegando y no tiene señal, pensé y
seguí esperando. Las horas pasaban y tú no llegabas. Consideré el ir a
buscarte, pero no sabía donde buscar. Me negaba a pensar que simplemente no
vendrías, en mi cabeza buscaba miles de excusas, todas posibles ninguna
probable. Volví a marcar el número, mi mano temblaba al hacerlo porque temía averiguar lo que me negaba a saber y entonces, la
voz fría y distante de la compañía de teléfonos dijo que, no había ningún
usuario registrado con ese número.
Lo que tú no te habías atrevido a decirme,
lo había hecho una voz en off mientras se ponía el sol. Entonces no disfruté de
la puesta de sol, no pude, pero lo haría, cada día a partir de aquel.
Soñemos.
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