Me esperabas a la salida del trabajo con
una gran sonrisa y me pusiste una venda en los ojos. Me esperaba una sorpresa
pero nunca habría imaginado cual. Después de unos minutos en coche, acabamos en
el aeropuerto. Me destapaste la vista delante de la pantalla en la que aparecía
el vuelo que íbamos a coger. Destino París. No sabía que decir, salvo sonreír
como una tonta y llenarte de besos. Te habías ocupado de todo y nos escapábamos
a la ciudad a la que soñábamos con ir.
Tu sonrisa empezó a desaparecer cuando el
vuelo se retrasaba dos horas, a mí no me importó, iríamos igual. Llegamos a
París muy entrada la noche y llovía a mares, nos dirigimos a coger un taxi,
pero no había, algo acertamos a entender de una huelga. Te comenzaste a
desesperar intentando convencer a algún taxista de que nos llevase al centro.
Yo, por el contrario solo era capaz de pensar que ya estábamos en París,
nuestro sueño hecho realidad. Un español afincado en París que llegaba al
aeropuerto se ofreció a acercarnos al hotel al escucharnos hablar. Ya en él,
hotel, me impresionó su fachada antigua, sus techos altos,… era un lugar
realmente bonito. Si algo logré entender con mi francés mas básico era que no
teníamos habitación disponible. Eso era el colmo dijiste. Tu enfado crecía por
momentos, el mío no. La recepcionista nos ofrecía una habitación pero ya para
el mediodía. Te negaste, sin embargo yo acepté. No lo entendías, querías
nuestra habitación, nuestro viaje perfecto, ese que tanto te habías esforzado
en preparar, pero la perfección no existe, sí los momentos perfectos, y de esos
tú y yo, tenemos muchos.
Te cogí de la mano y te arrastré corriendo
a la calle. Ya pronto amanecería, compramos cruasanes y café y nos fuimos junto
a la Torre Eiffel.
Nada mejor y mas bonito que desayunar viendo amanecer en París, tú y yo. ¿El
viaje? Perfecto, como cada instante que pasamos juntos.
Soñemos

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