sábado, 22 de noviembre de 2014

Aquella puesta de sol

Me recogiste a las seis. Me volví loca todo el día pensando qué llevar vestido porque no quisiste decirme a donde ibas a llevarme. Al final me decanté por mis vaqueros nuevos, esos que me ayudaste a elegir y el jersey que tanto te gusta con el collar que me regalaste por mi cumpleaños. 
Me esperabas con esa sonrisa que ilumina el día, nos besamos en cuanto me subí al coche y nos fuimos. Yo no sabía a donde, ni siquiera entonces quisiste decírmelo.
Poco después, llegamos a un lugar precioso, siguiendo una carretera secundaria, lo suficientemente lejos de la ciudad para no ver sus luces ni sus edificios. Paraste el motor y pasaste tu brazo por mi espalda hasta abrazarme y me dijiste, mira, señalando el horizonte. Lo que vi fue la puesta de sol, una imagen increíble, no solo por los colores, el naranja, el amarillo, el fuego que se veía, sino por el lugar, el momento, eras tú, tú quien hacía aquello tan único. Quise llorar, pero lo evitaste al besarme, quise temblar pero lo impediste al acariciarme. Lo hiciste tú, tú me hiciste feliz.

Hoy volveré a soñar contigo

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