miércoles, 26 de noviembre de 2014

Las patatas en la gasolinera

Hoy me ofrecieron gusanitos y me acordé de nuestra primera cita. Ibas a llevarme a un restaurante de renombre, pero te dieron mal la dirección y nos perdimos, cuando llegamos estaba cerrado por descanso. Tu cara era un poema y yo, lo reconozco, creí que la reserva no existía, más tarde supe que con los nervios habías dicho mal el día. Era tarde y teníamos hambre, tú mas mosqueo que hambre y yo mas nervios que apetito.
No dijiste nada en el camino, estabas mudo, ni siquiera excusas pronunciaste, sentías vergüenza y te sudaban las manos, la radio apagada y el ambiente era incómodo, yo ni pensaba, solo te miraba de reojo. Tuviste que parar a echar gasolina y aproveché para ir a la tienda, cogí una bolsa de patatas pequeña que pensaba comer en el baño mientras repostabas, pero entraste tras de mí y me quitaste la bolsa de las manos, pusiste una mayor en el mostrador y otra de gusanitos naranjas y unos botes de coca-cola, sin decir nada. Fuera, en el aparcamiento, sentados en el maletero del coche abrimos los botes y picamos alguna que otra patata, despacio, con miedo, como si cada vez que metíamos la mano en la bolsa fuese a darnos un calambrazo. Y de repente te miré, vi tu cara muda y tus ojos perdidos en la distancia y comencé a reír. No sé si fue la situación, tu cara, el lugar, la cena, no lo sé pero comencé a reír, y me seguiste, una carcajada trajo otra, y otra más y en medio de una de ellas, me robaste un beso.
Luego han venido muchos mas, muchísimos, pero tú lo sabes y yo lo sé, como aquel ninguno, porque fue especial, fue el primero, fue el comienzo.

Como cada noche, voy a soñar contigo 

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