Recuerdas cuando me puse a llorar en la
puerta de tu casa, por supuesto que sí. Me planté allí golpeando la puerta, machacando
el timbre como una loca, como siempre me pongo cuando pierdo el control. Ni
entonces te importó ni parece que lo haga ahora. Tú eres así, mantienes la
calma que yo no tengo y eso me gusta. Tú abriste la puerta y te quedaste mirándome,
y yo allí, frente a ti, paralizada con las manos en alto. Mis ojos fueron
absorbidos por los tuyos y mi versión neurótica desapareció de repente, al mismo
ritmo que tu cara se relajó y empezó a reírse. Me reí al tiempo que te reías, aunque
entonces no sabía de qué, tu risa era contagiosa y me iluminó el alma. El
corazón.
No creía en el amor a primera vista hasta
que te conocí. Aquella noche mi coche se estropeó y tu casa era la mas cercana,
yo llegaba tarde a cenar con chico que había conocido en el supermercado y
estaba de los nervios. Hasta que te vi. Entonces todo cambió, se me olvidó el
coche, la cita, la vida, la vida que llevaba hasta entonces la olvidé.
Me invitaste a entrar, me diste una taza de
café y te ofreciste a llamar a la grúa. Preferí que no lo hicieras, no quería
irme. Entonces me limpiaste una mancha que tenía en la cara, de eso te reías, me
la había hecho al levantar el capó del coche. Ni siquiera sé porqué lo hice,
sino sé nada de mecánica. Tal vez fue cosa del destino. Tu mano suave me
acarició la mejilla, mis ojos se cerraron intuyendo que tus labios se acercaban
a los míos. Y lo hicieron, lentamente, dejándome sentirte, olerte, tenerte.
Hoy soñaré pegada a ti
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