En otoño los días siempre me han parecido
tristes, apagados, grises pero eso cambió cuando te conocí. Fue un día de
noviembre, no lo olvidaré. Llovía, hacía frío y estaba calada hasta los huesos.
No podía irme aún a casa y tenía que esperar a que una tienda abriese para
cambiar un regalo de mi madre. Podía verse a leguas que estaba de mal humor y
aún a día de hoy no sé porqué te acercaste a hablar conmigo. Te acercaste con
una sonrisa y me invitaste a un café. No,
gracias, te dije, tan borde y seca que cada letra tuvo que dolerte al
golpearte en la cara. No te importó, me sonreíste de nuevo y me contestaste, lo necesitas. Te miré con cara de pocos
amigos, el café, añadiste. Necesitas un café y conozco el lugar
perfecto. No supe qué contestar. Tu sonrisa me nubló y tus palabras
saliendo de tu boca me enmudecieron. Me cogiste del brazo y me llevaste a una
cafetería donde te conocían. A un rincón, cálido, hogareño.
Por el camino pasamos por un camino que yo
ya había hecho un ratito antes, había pensado al pasar que era sucio y feo con
las hojas caídas que hacían resbalar. A tu lado, sin embargo me enseñaste un
parque lleno de colores naranjas, amarillos y marrones, cálidos. Las hojas
ahora mostraban una de las imágenes mas bonitas que había visto jamás. Era
calor, el calor que provocaba tu sonrisa y tu abrazo.
Soñaré de nuevo contigo

No hay comentarios:
Publicar un comentario