No pienso aprender a cambiar la rueda del
coche. Y si puedo la pincharé mas a menudo.
Casi me muero del susto cuando se me fue el
coche en una curva y a punto estuve de salirme de la carretera. Al parar me
encuentro la rueda sin aire. Llovía a mares y estaba oscureciendo. Ni idea de
donde está la rueda de repuesto (y pienso seguir sin saberlo, que lo sepas), ni
la llave de aflojar los tornillos, ni el gato, ni… para qué saberlo si vienes
tú en mi auxilio. Una llamada al servicio de asistencia en carretera y diez
minutos después apareciste tú, y me quedé sin aire al verte, aunque eso es una
constante desde entonces, te apeaste serio y me preguntaste por la rueda de
repuesto. Te dije que no hacia falta que podías irte, que el mecánico estaba en
camino. Pues eso, me contestaste y me preguntaste por la llave que afloja algo
en el maletero, porque resulta que ahí está la dichosa rueda.
Eras tú, el que venía a cambiarme la rueda.
Era viernes y terminabas el turno, así que para cambiar una rueda no
necesitabas venir en grúa. Algo que yo no sabía, eso y que yo no me esperaba a
alguien como tú. La rueda de repuesto estaba sin aire y me echaste la bronca
por tenerla así. Discutimos y te mandé largarte a por la grúa. Ni en broma, -dijiste-
es viernes. Tengo una idea mejor. Te llevo en mi coche y mañana vengo y recojo
el tuyo. Ni hablar, -te respondí molesta. Tú ni corto ni perezoso me cogiste en
brazos y me sentaste en tu coche. Abrí la boca para protestar, pero solo pude
responder a tu beso. Ese que me pilló aun mas desprevenida que tus brazos
sujetándome.
Dulces sueños.
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