Llegué corriendo sabiendo que probablemente
lo perdería. Esquivé a muchas personas a las que les daba igual que yo llegase
tarde, no se apartaban, me veían correr pero seguían inmóviles en sus vidas.
Corrí por el aeropuerto buscando la puerta, necesitaba pasar por seguridad sin
perder tiempo, pero había cola, demasiada gente y llegaba tarde. Pedí que me
dejasen pasar, algunos lo hicieron, me miraban raro aunque sé que en realidad
no me veían, solo me miraban. Algunos sorprendidos otros ni siquiera eso. Cuando
logré pasar, corrí hasta el embarque y entregué el billete. Estaban cerrando la
puerta y tuve que gritar para que me esperasen. La auxiliar de vuelo meneó la
cabeza con disgusto pero dejó que entrase en el avión.
Estaba ahogada de correr
cuando llegué a mi asiento. Y quise bajarme del avión cuando no te vi allí. La
respiración se me paró. No sentía el latido de mi corazón. No tenía pulso, me
vi caer, me desvanecía por dentro.
Cuando abrí los ojos allí estabas tú,
cogiéndome en brazos, evitando que cayese al suelo. Como siempre tú estabas
allí para cuidarme, para sujetarme, para mantenerme en pie o levantarme cuando
me caigo. Tú.
Soñemos
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