Ya somos grandes. Fueron las palabras que
escuché a mi espalda. Las pronunciaba un hombre al que no conocía. Al mirarle
con sorpresa, sonrió y ante mi desconcierto soltó una carcajada. Creí que
estaba borracho y le pedí que no me molestase. Mírame, no me reconoces, me dijo
entonces. Al fijarme bien, vi a mi amigo del alma cuando era niña. Dejamos de
vernos cuando teníamos doce años, cuando sus padres se mudaron a la otra punta
del país. Había cambiado, pero sus ojos seguían siendo los mismos. Preciosos, sinceros,
divertidos. Era él.
Era mi mejor amigo, mi cómplice de aquellos
años fantásticos donde todo te parece posible, todo fácil. Y a pesar de la
edad, solo unos niños, habíamos sido novios desde la guardería. Entonces,
pasábamos más tiempo juntos que separados. Éramos inseparables,
indestructibles, nos compenetrábamos a pesar de ser unos niños, nos conocíamos,
nos defendíamos el uno al otro. Éramos uno solo.
Aún recuerdo el día en que se marchó como
uno de los peores de mi vida y fueron aún peores los que vinieron después,
hasta que poco a poco fui adaptándome a mi nueva vida sin él. Al principio nos
escribíamos mucho, luego algo menos, y al pasar los años casi nada. Sin
embargo, seguía estando en mi mente y me preguntaba si seguiría yo estando en
la suya.
Él, entonces, con su pelo rizoso y un
poquito largo, no demasiado. Ahora, con el pelo corto, parecía el mismo, pero
distinto; y lo tenía delante de mí. No sabía que decirle, no hacía falta ya lo
había dicho él. Ya somos grandes, repetí yo.
Al despedirnos, cuando nos separaron de
niños, acordamos que de grandes, nadie podría separarnos. Ahora estábamos frente
a frente, mirándonos, sonriéndonos, deseando abrazarnos, besarnos, volver a ser
uno solo. Ya somos grandes, por fin.

No hay comentarios:
Publicar un comentario